En ocasiones se piensa que una buena presentación es aquella que contiene toda la información investigada, como si la pantalla tuviera que demostrar por sí misma la cantidad de trabajo realizado. En otras, ocurre exactamente lo contrario: se dedica tanto esfuerzo al aspecto visual que la exposición oral termina dependiendo completamente de una sucesión de imágenes y efectos. Ambos extremos parten de un mismo problema: otorgar a la presentación una función que no le corresponde.
Las diapositivas son un material de apoyo. Esta afirmación parece sencilla, pero tiene consecuencias importantes para la forma de preparar y desarrollar una exposición escolar. La presentación debe acompañar al expositor, orientar la atención del público y facilitar la comprensión de aquello que resulta difícil comunicar únicamente mediante palabras. Su función no consiste en reemplazar la explicación, sino en complementarla.
El expositor sigue siendo el protagonista
Durante una exposición escolar pueden coexistir diferentes canales de comunicación. El público escucha la explicación, observa al expositor y, al mismo tiempo, dirige su atención hacia los materiales utilizados. Cuando estos elementos se complementan adecuadamente, la experiencia puede favorecer la comprensión; cuando compiten entre sí, la atención se dispersa.
Las investigaciones de Richard E. Mayer sobre aprendizaje multimedia parten precisamente de la relación entre palabras e imágenes. Su planteamiento no consiste simplemente en afirmar que agregar imágenes mejora automáticamente el aprendizaje, sino en estudiar las condiciones bajo las cuales la combinación de información verbal y visual puede ayudar a construir representaciones mentales más significativas. La instrucción multimedia busca combinar palabras e imágenes de manera que ayuden al estudiante a construir conocimiento, mientras que el principio de coherencia advierte sobre la conveniencia de excluir materiales ajenos o innecesarios. (assets.cambridge.org)
Esta idea resulta especialmente importante durante una exposición. Una fotografía histórica puede permitir observar detalles de una época; un mapa puede mostrar relaciones espaciales que tomarían varios minutos en describirse; un gráfico puede facilitar la comparación de datos; y un diagrama puede hacer visible la secuencia de un proceso. En esos casos, la diapositiva realiza una función que complementa las palabras del expositor.
El problema aparece cuando ambos canales comunican exactamente lo mismo. Si el estudiante proyecta un párrafo y luego lo lee literalmente, el público recibe una explicación oral que simplemente repite el texto que ya está viendo. La presentación deja entonces de aportar un apoyo complementario y se convierte en una especie de teleprompter improvisado.
Esta práctica es comprensible. Para muchos estudiantes, colocar toda la información en pantalla representa una medida de seguridad: si olvidan algo, pueden leerlo. También ocurre entre docentes y profesionales con experiencia, especialmente cuando una exposición se prepara con poco tiempo. Sin embargo, trasladar el guion completo a las diapositivas cambia la relación con el público. El expositor comienza a mirar constantemente la pantalla, reduce el contacto visual y adapta su ritmo de explicación a la lectura del texto.
La preparación de un guion continúa siendo recomendable, pero este no tiene que ser idéntico a la presentación. El guion pertenece al expositor; la diapositiva pertenece a la experiencia compartida con el público.
Esta distinción puede observarse con facilidad en un ejemplo escolar. Supongamos que un estudiante debe explicar las consecuencias de la contaminación de un río. Podría proyectar una diapositiva con cuatro párrafos que describan la pérdida de biodiversidad, las enfermedades asociadas al agua contaminada, los efectos económicos y el deterioro de los ecosistemas. Después podría leer esos párrafos mientras sus compañeros intentan seguir el texto.
Una alternativa sería mostrar una fotografía pertinente del río, acompañada de tres o cuatro conceptos breves y claramente relacionados. Mientras la imagen permite observar el problema, el estudiante desarrolla oralmente sus causas y consecuencias. En este segundo caso, la diapositiva no contiene menos conocimiento; simplemente distribuye mejor la información entre el recurso visual y la explicación.
El principio multimedia sostiene que las personas pueden aprender mejor mediante palabras e imágenes que únicamente mediante palabras, siempre que ambos componentes se diseñen para apoyar el aprendizaje. Esta combinación no consiste en acumular recursos visuales, sino en seleccionar aquellos que verdaderamente aportan a la construcción del significado. (Jax State)
También es necesario recordar que la atención del público puede dirigirse. Una presentación no tiene por qué permanecer visualmente activa durante toda la exposición. Si el docente o estudiante necesita desarrollar una explicación que no requiere apoyo visual, mantener una diapositiva cargada de información en pantalla puede resultar innecesario. En algunos casos, una lámina sencilla de transición, una imagen neutra o incluso una pantalla temporalmente en blanco permite devolver la atención al expositor.
Esta práctica resulta particularmente útil cuando la exposición combina diferentes materiales. Imaginemos una presentación de Ciencias Naturales en la que un grupo utiliza diapositivas y una maqueta del sistema respiratorio. Mientras se explica el contexto general, la pantalla puede mostrar un esquema simplificado. Al comenzar la demostración con la maqueta, continuar proyectando una animación compleja del mismo proceso podría dividir innecesariamente la atención. En ese momento, lo razonable es dirigir la mirada hacia el recurso que se está utilizando.
Algo similar ocurre con los carteles, experimentos, prototipos y demostraciones prácticas. Ningún material debería permanecer en primer plano únicamente porque está disponible. La exposición escolar mejora cuando existe una intención clara sobre el momento en que cada recurso aparece, se utiliza y deja de reclamar atención.
Desde esta perspectiva, aprovechar las TIC no significa mantener una pantalla encendida durante toda la clase ni utilizar cada función disponible en el programa de presentaciones. El verdadero aprovechamiento tecnológico consiste en seleccionar el recurso adecuado para una necesidad concreta. Una herramienta digital puede ser extraordinariamente útil para mostrar una animación microscópica, comparar fotografías históricas o representar una serie estadística; pero una maqueta puede ser mejor para observar una estructura tridimensional, y una demostración física puede resultar insustituible para comprender determinados fenómenos.
La tecnología educativa alcanza su mayor valor cuando se integra con criterio, no cuando desplaza automáticamente a todos los recursos anteriores.
Existe además una diferencia importante entre preparar una presentación y preparar una exposición. La primera consiste en organizar un recurso visual; la segunda requiere comprender el tema, ordenar el discurso, anticipar preguntas, administrar el tiempo y decidir cómo utilizar los materiales disponibles. Es posible elaborar una presentación visualmente impecable y, aun así, realizar una exposición deficiente. También es posible desarrollar una explicación clara y convincente utilizando diapositivas muy sencillas.
Por ello, una buena práctica consiste en ensayar la exposición sin depender completamente de la pantalla. No se trata de memorizar un discurso palabra por palabra, pues esto puede producir una exposición rígida, sino de comprender la secuencia de ideas y la función que cumple cada diapositiva dentro de ella. El estudiante debería saber por qué aparece una imagen, qué explicación acompaña a un gráfico y en qué momento debe avanzar hacia la siguiente lámina.
Cuando esto ocurre, la presentación deja de dirigir al expositor y comienza a suceder lo contrario: el expositor controla conscientemente la presentación.
Este cambio parece pequeño, pero transforma considerablemente la experiencia. Permite detenerse cuando una idea necesita mayor explicación, responder una pregunta sin sentir que se ha perdido el orden y utilizar los recursos visuales en el momento oportuno. También permite reconocer que no todas las diapositivas necesitan el mismo tiempo de exposición. Una fotografía puede requerir pocos segundos, mientras que un gráfico complejo puede necesitar varios minutos de análisis.
Los principios de aprendizaje multimedia incluyen precisamente criterios relacionados con la coherencia, la señalización y la segmentación de la información. Desde una perspectiva educativa, esto refuerza la necesidad de organizar los materiales de forma que el estudiante pueda identificar lo esencial y procesar la información en partes manejables, en lugar de enfrentarse a una acumulación simultánea de estímulos. (Universiteit Twente)
En última instancia, la función real de las diapositivas durante una exposición escolar consiste en hacer visible aquello que ayuda a comprender mejor la explicación. Algunas veces será una imagen; otras, una palabra clave, un mapa, una comparación, una secuencia o un gráfico. Incluso habrá momentos en los que la mejor diapositiva sea aquella que no muestra nada nuevo y permite que la atención vuelva completamente a la persona que está hablando.
Comprender este principio también modifica la manera de evaluar una exposición. Una presentación no debería recibir una mejor valoración únicamente por tener más diapositivas, más animaciones o una plantilla visualmente atractiva. La pregunta más relevante es si el recurso fue utilizado de forma intencional y si contribuyó realmente a comunicar el contenido.
En el próximo artículo de esta serie abordaremos la preparación de la defensa oral con apoyo visual. Allí analizaremos cómo organizar el discurso, preparar un guion sin convertirlo en un texto memorizado y coordinar la explicación con los materiales de apoyo. Posteriormente, estos contenidos se complementarán con el lenguaje corporal y el ritmo de exposición, dos aspectos que forman parte de la comunicación y que ninguna diapositiva puede sustituir.
Las diapositivas pueden enriquecer considerablemente una exposición escolar, pero su efectividad depende de la función que se les asigne. Cuando se convierten en documentos de lectura, compiten con el expositor; cuando se utilizan únicamente como decoración, distraen; y cuando intentan concentrar toda la información investigada, dificultan la comprensión.
Su verdadero valor aparece cuando acompañan el discurso, orientan la atención y hacen visibles ideas que se comprenden mejor mediante recursos gráficos. La pantalla no debe sustituir la preparación, el conocimiento del tema ni la comunicación con el público. Es una herramienta poderosa, pero continúa siendo una herramienta.
Una exposición escolar efectiva no es aquella en la que el público recuerda la plantilla utilizada, sino aquella en la que los recursos visuales ayudaron a comprender y recordar las ideas presentadas.
Referencias
Mayer, R. E. (2009). Multimedia Learning (2nd ed.). Cambridge University Press.
Mayer, R. E. (Ed.). (2005). The Cambridge Handbook of Multimedia Learning. Cambridge University Press.
Clark, R. C., & Mayer, R. E. (2016). E-Learning and the Science of Instruction: Proven Guidelines for Consumers and Designers of Multimedia Learning (4th ed.). Wiley. (onlinelibrary.wiley.com)
Universiteit Twente. (s. f.). The 12 Principles of Multimedia Learning. (Universiteit Twente)
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